14/03/2018

Discipulos misioneros



Leyendo las paginas 29-34 de la carta arzobispal Iglesia ¡anuncia a Jesucristo! Eres luz y sal del mundo, me apodero de tal o tal reflexión, en vez de proponer una explicación o un comentario.

La palabra “discípulos misioneros” proviene de un documento del CELAM, título del texto de Aparecida en 2007, cuyo el Cardenal Bergoglio coordinó la redacción.
La palabra “discípulos misioneros” significa que la misión no es asunto propio de algunos en la Iglesia. Nadie puede confiscar la misión en favor de una casta de bautizados. Ninguna palabra de las Escrituras se dirige a los sacerdotes solos, con exclusión de los demás fieles. “¡Ay de mí si no anunciara el evangelio!” (1 Co 9, 16) Y así de todas las palabras escriturales.
La palabra “discípulos misioneros” significa que la fe no consiste en ritos tampoco en una religión, como para los paganos. ¡Hay una manera pagana de ser cristiano! Pablo ya se desconfiaba de los hombres demasiado religiosos: “viri athenienses per omnia quasi superstitiosiores vos video”. (He 17, 22)
La palabra “discípulos misioneros” significa que nuestro país ya no es cristiano, sí tiene un sentido hablar de países cristianos (hablamos como sociólogos, no como el evangelio). La misión es una manera de vivir la fe, dirigiéndose a los demás.
La misión no consiste en volver a hacer cristianos a nuestros hermanos.
-  En una sociedad ya no regida por normas de autoridad (todavía hay normas, las de la publicidad, de la moda, pero actúan de otra manera), la religión será siempre una minoría. Un marco apremiante, organizador, regulador ya no existe a partir de una autoridad.
-  Estamos de forma duradera en un mundo pluralista (en el mismo momento universalizado).
-  Es una suerte por la fe. No que antes sea peor, pero que somos discípulos a causa de Cristo, no en favor tampoco a causa de un modelo social.
-  No se trata de que todos o el máximo sean discípulos. La sal de la tierra da su sabor o conserva los alimentos, pero no se toma la sal de conservación, no todo el plato es sal.
La misión no consiste en hacer público un discurso, un catecismo, un sistema del mundo. La palabra de la Iglesia en la sociedad no es una ideología en medio de otras, por ejemplo, contra el género, contra la homosexualidad, contra la eutanasia, contra el comunismo o el capitalismo, el desreglamento del mercado, los emigrantes. Podríamos contar los momentos durante los cuales Jesús se puso contra. ¡Quizá solamente contra la hipocresía religiosa!
Lo que decide la ley de las naciones puede ser en contradicción con la fe. Muy a menudo, a medida que los cristianos sean menos numerosos, la ley no hará caso de sus convicciones. Tenemos que mantener una postura profética, sin arrogancia porque la hipocresía siempre “está a estla puerta, acechando”. Testimoniar solamente que la vida está abierta, necesita apertura.
La fe no consiste en un sistema ideológico, un dogma, sino en un anuncio, una palabra sin palabra (“No hay lenguaje ni palabras”, dice el salmo 19,3), una manera de vivir que hace una señal hacia Cristo. No somos encargados de obligar a los demás a hacer el bien (si, al menos, no lo hacen), queremos ser señal del bien, de vida buena, es decir, de vida abierta a lo que le falta.
No somos discípulos para conocer el sentido de la vida. Somos como los demás, despojado ante de la absurdidad del mal, del sufrimiento, de la muerte. El mal no tiene sentido y es favorecer el mal dar explicaciones del mal, dar razón al mal, porque el mal nunca tiene razón. Al contrario, y más que los demás, tenemos que luchar contra los ídolos, todo lo que se presenta como sentido recapitulativo, pensándose integral, único, exclusivo, exhaustivo, todo sistema. No podemos hacer de la fe, del catecismo un ídolo conceptual que veneramos porqué no es sistema explicativo del mundo ni de la vida. Como Jesús delante de la muerte no quedemos derrotados: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte.” (Mc 14, 34). La fe es seguida de Cristo hasta Getsemaní.
La fe se convierte así en un servicio, se dice un ministerio. Jesús nunca pidió por creer en él. Vino par que la gente tenga vida y la tenga en abundancia (Jo 10, 10). Es servidor de la vida de la gente. Tenemos que hacer lo mismo. Es la misión.
Más que de métodos para una nueva evangelización, se urge el amor, la caridad. Cuando se piensa en la Iglesia, en los cristianos, no se piensa primero en la caridad. Es lo que tenemos que cambiar, antes de hablar de métodos de evangelización. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros.” (Jo 13, 35)
Se podría decir que seamos nosotros, discípulos, que ocultamos a Dios, el contrario de la misión. Nos preocupamos de verdad, de éxito de la Iglesia, cuando se trata de testiguar del amor, lo que se hace sólo amando. Antes de enseñar, de hablar, Jesús curó, tuvo piedad y compasión, amó, salvó, libró. No es Jesús por lo tanto una ONG. Es el exceso de humanidad que indica a Dios, que es el propio de los discípulos misionarios. Dios es un sembrador no segador. No cesa de sembrar, de dar, incluso donde no puede crecer la semilla, al exceso. La parábola es la del sembrador, no de los terrenos o de la cosecha. Dios nunca se fastidia en darse hasta el extremo.
En Atenas (He 17) ¿tenemos un éxito o un fracaso de la misión paulina? Solamente dos o tres se convirtieron. No son los miles como en los resúmenes de los Hechos. “Cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban y otros decían: "Ya te oiremos acerca de esto otra vez". Entonces Pablo salió de en medio de ellos.” Según la respuesta, tenemos a dos concepciones de la misión, quizá una con los criterios del mundo, el éxito, el número, otra con los del Reino.
Salir de sí mismo, renunciar a sí mismo, incluso a nuestro entendimiento siempre demasiado estrecho, pues falso, de Jesús y del evangelio. “Y decía a todos: -- Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.” (Lc 9, 23)
La plegaria no es una cosa que tendríamos que hacer. Todavía es pagano. Es solamente mantenerse delante de Dios, para nada… sino él mismo. Así es posible orar sin cesar, mantenerse delante de Dios. La plegaria es expresión de la gracia, del don, es decir de la gratuidad. Dios nos ama sin razón. La razón de amar a Dios es Dios mismo, dice San Bernardo. Ser discípulo significa intentar de ser semejante a él. “Nosotros lo amamos a él porque él nos amó primero.” (1 Jo 4, 19)
Mientras hablamos mitológicamente, “experimentar el amor del Señor”, no somos creíbles. Experimentar el amor del Señor es una manera de hablar que puede tener su sentido, pero que no tiene sentido para muchos, incluso cristianos. Tenemos que estar “siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.” (1 P 3, 15). Presentar defensa, mejor traducido, dar la razón. No se experimenta el amor de Dios como las demás cosas, incluso mas grandes. Sabemos que no hablamos en primer nivel, o bien, estamos en plena mitología.
Hablar de la alegría de la fe me pone nervioso. No se decreta la alegría tampoco se busca. Son las técnicas contemporáneas de bienestar que la venden. Buscamos a Dios, no la alegría. Si somos felices ¡que lo aprovechemos! Pero sin arrogancia para los que “apenan en los caminos de la vida perfecta” (Papa Gelasio). La alegría es una promesa escatológica (Cf. Is 65 o Sm 136). La meta del ser discípulos no es la alegría, porque hay vidas de fidelidad que no pueden conocer la alegría, porque el camino del servicio y del renunciamiento a menudo es muy pesado, porque cuando hermanos están muriendo, sufriendo ¿cómo podríamos ser felices? El amor purifica, y hace daño, empobrece y no es siempre alegría. ¿Pero a quien iríamos? Tiene él, palabras de vida.
Por supuesto no busquemos el sufrimiento. Mejor, lo queremos rechazar. No tenemos que entretener un resentimiento o la acedía. Pero lo que importa, no es ser feliz, como dicen los programas de bienestar, sino ser fieles a Cristo, es decir a sus hermanos, empezando por los más pequeños. Leyendo la pasión según Marcos, se entiende donde y como se reconoce a Jesús, se indica como convertirse en discípulo. “viendo como había expirado” (Mc 15, 39). En el evangelio de Marcos, no existe el gozo de la resurrección. Se reconoce a Jesús como mesías e hijo de dios, viendo como había expirado” También es una teología cristiana.

Notre péché, obstacle à la mission (célébration pénitentielle)



Mt 23, 1-33
Alors Jésus s’adressa aux foules et à ses disciples, et il déclara : « Les scribes et les pharisiens enseignent dans la chaire de Moïse. Donc, tout ce qu’ils peuvent vous dire, faites-le et observez-le. Mais n’agissez pas d’après leurs actes, car ils disent et ne font pas.
Ils attachent de pesants fardeaux, difficiles à porter, et ils en chargent les épaules des gens ; mais eux-mêmes ne veulent pas les remuer du doigt.
Toutes leurs actions, ils les font pour être remarqués des gens : ils élargissent leurs phylactères et rallongent leurs franges ; ils aiment les places d’honneur dans les dîners, les sièges d’honneur dans les synagogues et les salutations sur les places publiques ; ils aiment recevoir des gens le titre de Rabbi.
Pour vous, ne vous faites pas donner le titre de Rabbi, car vous n’avez qu’un seul maître pour vous enseigner, et vous êtes tous frères. Ne donnez à personne sur terre le nom de père, car vous n’avez qu’un seul Père, celui qui est aux cieux. Ne vous faites pas non plus donner le titre de maîtres, car vous n’avez qu’un seul maître, le Christ.
Le plus grand parmi vous sera votre serviteur. Qui s’élèvera sera abaissé, qui s’abaissera sera élevé.
Malheureux êtes-vous, scribes et pharisiens hypocrites, parce que vous fermez à clé le royaume des Cieux devant les hommes ; vous-mêmes, en effet, n’y entrez pas, et vous ne laissez pas entrer ceux qui veulent entrer !
Malheureux êtes-vous, scribes et pharisiens hypocrites, parce que vous parcourez la mer et la terre pour faire un seul converti, et quand c’est arrivé, vous faites de lui un homme voué à la géhenne, deux fois pire que vous !
Malheureux êtes-vous, guides aveugles, vous qui dites : “Si l’on fait un serment par le Sanctuaire, il est nul ; mais si l’on fait un serment par l’or du Sanctuaire, on doit s’en acquitter.” Insensés et aveugles ! Qu’est-ce qui est le plus important : l’or ? ou bien le Sanctuaire qui consacre cet or ?
Vous dites encore : “Si l’on fait un serment par l’autel, il est nul ; mais si l’on fait un serment par l’offrande posée sur l’autel, on doit s’en acquitter.” Aveugles ! Qu’est-ce qui est le plus important : l’offrande ? ou bien l’autel qui consacre cette offrande ? Celui donc qui fait un serment par l’autel fait un serment par l’autel et par tout ce qui est posé dessus ; celui qui fait un serment par le Sanctuaire fait un serment par le Sanctuaire et par Celui qui l’habite ; et celui qui fait un serment par le ciel fait un serment par le trône de Dieu et par Celui qui siège sur ce trône.
Malheureux êtes-vous, scribes et pharisiens hypocrites, parce que vous payez la dîme sur la menthe, le fenouil et le cumin, mais vous avez négligé ce qui est le plus important dans la Loi : la justice, la miséricorde et la fidélité. Voilà ce qu’il fallait pratiquer sans négliger le reste.
Guides aveugles ! Vous filtrez le moucheron, et vous avalez le chameau !
Malheureux êtes-vous, scribes et pharisiens hypocrites, parce que vous purifiez l’extérieur de la coupe et de l’assiette, mais l’intérieur est rempli de cupidité et d’intempérance !
Pharisien aveugle, purifie d’abord l’intérieur de la coupe, afin que l’extérieur aussi devienne pur.
Malheureux êtes-vous, scribes et pharisiens hypocrites, parce que vous ressemblez à des sépulcres blanchis à la chaux : à l’extérieur ils ont une belle apparence, mais l’intérieur est rempli d’ossements et de toutes sortes de choses impures.
C’est ainsi que vous, à l’extérieur, pour les gens, vous avez l’apparence d’hommes justes, mais à l’intérieur vous êtes pleins d’hypocrisie et de mal.
Malheureux êtes-vous, scribes et pharisiens hypocrites, parce que vous bâtissez les sépulcres des prophètes, vous décorez les tombeaux des justes, et vous dites : “Si nous avions vécu à l’époque de nos pères, nous n’aurions pas été leurs complices pour verser le sang des prophètes.”
Ainsi, vous témoignez contre vous-mêmes : vous êtes bien les fils de ceux qui ont assassiné les prophètes. Vous donc, mettez le comble à la mesure de vos pères !
Serpents, engeance de vipères, comment éviteriez-vous d’être condamnés à la géhenne ?


Pour cette célébration pénitentielle, je vous propose de réfléchir ou de prendre conscience d’une des conséquences de notre péché. Plutôt que de l’envisager d’un point de vue moral, de faire un examen de conscience détaillé voire scrupuleux, plutôt que de l’envisager dans le rapport à Dieu, ce qu’il casse de l’alliance que toujours Dieu renouvelle, je voudrais l’envisager du point de vue de la mission.
On dira que c’est peu traditionnel, et de fait, l’on ne pouvait choisir cette perspective tant que l’on n’était pas convenu que la mission est une dimension de la vie de tout baptisé, qu’elle ne se vit pas seulement auprès de ceux qui, dans des pays lointains, n’auraient jamais entendu parler de Jésus. Les pays anciennement chrétiens sont des pays de mission. Peut-être commence-t-on à en prendre conscience dans les années 40. Aujourd’hui, nous ne pouvons plus ne pas en convenir. Combien d’enfants sont catéchisés dans une classe ? Voilà un indice de l’ampleur du champ missionnaire.
C’est dans le contexte latino-américain que le cardinal Bergoglio a forgé l’expression de « disciples missionnaires ». La reprenant comme Pape, il invite tous les chrétiens à être des disciples missionnaires. Et c’est là que notre péché nous empêche d’être ce que nous sommes. Disciples pécheurs, nous le sommes, même si nous avons du mal à le dire tant nous nous pensons spontanément dans le vrai. Mais disciples et missionnaires installent une contradiction, une impossibilité : comment pourrions-nous témoigner auprès de tous du Seigneur en présentant le visage de pécheurs ? Ne resterait plus que l’hypocrisie, poursuivre l’annonce et cacher le péché. Cette piste si souvent privilégiée se révèle à court terme catastrophique. Plus qu’une solution, nous convertir.
C’est la déchristianisation qui nous oblige à la conversion. La mission exige notre conversion et ne pas nous convertir en rajoute au péché car cela interdit que la parole du Seigneur parvienne au cœur du plus grand nombre. On peut être chrétiens médiocres au milieu de chrétiens. On ne peut plus se le permettre dans une société d’indifférence ou d’hostilité religieuses.
Quand on pense à l’Eglise, qu’est-ce qui vient en premier ? Je fais le pari que ce n’est presque jamais, y compris pour nous chrétiens, la charité. Il y en a même pour justifier cela. L’Eglise ne serait pas une ONG, ce n’est pas par son souci des hommes qu’elle doit être définie mais par sa foi. C’est nous qui assassinons Jésus et nous en justifions ! Mais ce Jésus en qui nous avons mis notre foi est-il autre que celui qui a le souci des hommes ?
On cherche des méthodes d’évangélisation, une nouvelle évangélisation, des paroisses ou groupes qui changent, qui renouvellent les choses. Mais s’il y a quelque chose à changer, à chercher, c’est la charité. Si les chrétiens en Eglise étaient, pour tous, évidemment, la charité, notre péché même serait blanc comme neige. La mission nous convoque à la charité, à l’amour des frères, non seulement à titre personnel, mais en Eglise.
Je me contente de relire quelques versets du lavement des pieds pour conclure. « Jésus, sachant que son heure était venue de passer de ce monde à son père, ayant aimé les siens qui étaient dans le monde, il les aima jusqu’au bout », jusqu’à l’extrême, jusqu’au but. « Comprenez-vous ce que je viens de faire ? C’est un exemple que je vous ai donné pour que vous fassiez vous aussi comme moi j’ai fait pour vous. » « Je vous donne un commandement nouveau : vous aimer les uns les autres ; comme je vous ai aimés, aimez-vous les uns les autres. A ceci tous reconnaîtront que vous êtes mes disciples : si vous avez de l'amour les uns pour les autres. »

02/03/2018

"Détruisez ce temple" (3ème dimanche de carême)

On parle de nouvelle évangélisation depuis des années. Nombre de diocèses s’interrogent sur les méthodes d’évangélisation et lorgnent sur ce qui se passe outre-Atlantique, notamment vers les évangélistes qui font baver d’envie tant leurs succès paraît évident.
Tout cela me laisse plus que perplexe. Dans une société mondialisée et technico-scientifique, une société de l’univoque, du ça marche ou ça ne marche pas, c’est utile ou ça ne sert à rien, les religions me paraissent devoir être minoritaires, toujours plus et pour longtemps. La superstition ne disparaitra pas, fût-ce sous la forme des fake-news, mais contrairement à ce que chantait l’Action Catholique dans l’entre deux guerres, nous ne referons pas chrétiens nos frères.
L’envie, si ce n’est la jalousie, suscitée par les évangélistes pourrait être mauvaise conseillère, voire péché. Faire du nombre est-ce bien ce qui importe ? Les méthodes pour annoncer l’évangile seraient-elles mauvaises ou dépassées ? Le penser évite de se remettre en question plus radicalement. Et si c’était le manque de conviction de l’Eglise qui était en jeu. Les catholiques pratiquants réguliers ont-ils effectivement le souci de l’évangélisation, non comme un refrain incantatoire mais en étant « disciples missionnaires » ?
Plus encore, notre Eglise, par notre péché et ses limites institutionnelles ne peut qu’être facteur de déchristianisation. Bien sûr, il y a la pédophilie, mais aussi la médiocrité de ce que nous vivons, le ronflant des cérémonies, des titres et des costumes, la vacuité de nombre de discours et homélies, le positionnement d’opposition dans la société. Mais non, tout va très bien, nous n’avons pas à nous interroger, seulement à haranguer une société qui se détourne de la vérité, de ce qui fait vraiment vive.  France Culture qui offre une tribune aux divagations de Michel Onfray, mettait pourtant à la une de son site la semaine passée la religion comme rempart contre une société en perdition, des enfants suspendus à un écran !
Alors l’évangile de ce jour, les marchands chassés du temple, prend un relief et une actualité particuliers. Détruisez ce temple. Détruisez ce qui représente le religieux, détruisez le religieux. Je le rebâtirai, en trois jours. Et nous l’avons rebâti… depuis des siècles.
Car le temple dont parlait Jésus, ce n’était pas un nouveau culte, de nouveaux espaces sacrés, temples ou églises, une nouvelle religion plus vraie que la précédente. Certes, « le temple de Dieu est sacré » mais « ce temple, c’est vous ».  Le temple c’est le corps de Jésus, et donc chacun avec les autres, à commencer par ces petits qui sont les siens. Le culte nouveau, c’est le lavement des pieds, le service des frères. Le psaume le savait déjà : « Écoute, mon peuple, j'accuse, Israël, et je t'adjure, moi, Dieu, ton Dieu. Ce n'est pas tes sacrifices que j'accuse, tes holocaustes sont constamment devant moi. […] L'impie, Dieu lui déclare "Que viens-tu réciter mes commandements, qu'as-tu mon alliance à la bouche, toi qui détestes la règle et rejettes mes paroles derrière toi ? Si tu vois un voleur, tu fraternises, tu es chez toi parmi les adultères ; tu livres ta bouche au mal et ta langue trame la tromperie. Tu t'assieds, tu accuses ton frère, tu déshonores le fils de ta mère. Voilà ce que tu fais, et je me tairais ? Penses-tu que je suis comme toi ? Je te dénonce." »
Ils sont pourtant nombreux les chrétiens à revêtir la tenue de service, mais ce n’est pas comme cela que l’Eglise est connue. On pourra toujours dire que c’est la faute aux média, aux ennemis de la foi. Mais tant que la charité ne sera pas ce qui définit spontanément et évidemment les chrétiens, surtout aux yeux des non-chrétiens, la nouvelle évangélisation sera une gesticulation hypocrite et stérile, une distraction comme dirait Pascal. Et que l’on ne vienne pas dire que l’Eglise n’est pas une ONG ! C’est le commandement du Seigneur, précisément en ce chapitre du lavement des pieds, ou encore au chapitre 15 du même évangile de Jean : « Ce que je vous commande, c'est de vous aimer les uns les autres. »
Nous connaissons par cœur l’évangile des marchands chassés du temple, mais pour nous asseoir dessus. C’est une dénonciation du temps de Jésus qui ne nous concernerait pas. Non, la condamnation du religieux est sans appel dans l’évangile. Le business ecclésial mérite le même sort que les tables des changeurs. Que notre foi soit d’abord et principalement service des frères. C’est encore le chapitre du lavement des pieds qui donne la règle de l’action missionnaire : « À ceci tous reconnaîtront que vous êtes mes disciples : si vous avez de l'amour les uns pour les autres. »

23/02/2018

Vivre avec Dieu ici et maintenant (2ème dimanche de carême)

Que se passe-t-il à la transfiguration ? On pourrait penser qu’il s’agit d’un moment d’intimité exceptionnelle avec Jésus. Les trois plus proches, et eux seulement, sont présents. Jésus apparaît dans le dévoilement de son identité. Et pourtant, cette proximité maintient la distance, l'absence. C'est avec Moïse et Elie que parle Jésus, non avec les disciples, spectateurs qui demeurent extérieurs.
Avec ce vêtement blanc tel qu’il ne peut s’en obtenir semblable sur terre, les disciples vivent une anticipation de la résurrection, ou plutôt, vivent la résurrection dans « cette existence de chaque jour ». Moïse fut enterré mais « personne n’a jamais connu son tombeau » (Dt 34, 6). Elie ne serait pas mort, emporté au ciel dans un char de feu. Moïse donne la loi de vie. Elie est attendu comme annonciateur de la venue du Messie, de la fin du mal et de la mort. La transfiguration, c’est une manière de dire que c’est déjà ressuscités que nous vivons ici et maintenant. « Vous êtes ressuscités avec le Christ » dit Paul.
La résurrection ne peut faire sens, échapper aux sornettes du mythe, en dehors de ce qui se vit ici et maintenant avec le Ressuscité. Nous ne savons rien de la vie après la mort et si nous pouvons en deviner quelque chose, ce n’est pas à imaginer une survie, un prolongement. Il s’agira d’une métamorphose, c’est le mot grec que traduit transfiguration.
Mais si cette transformation, cette métamorphose est pensable, raisonnablement pensable, c’est parce que déjà, ici et maintenant, il est possible de vivre avec le Christ. Si l’aventure à sa suite est notre vie, une part de celle-ci au moins, si Jésus est bien le Seigneur de l’histoire et de nos vies, alors, ce que nous vivons avec lui ne saurait être englouti par la mort. Ce qui nous constitue au plus intime, dans les relations avec les autres et dans notre manière personnelle d’être au monde, la mort ne pourra l’annuler. Affirmation limite, en quelque sorte, comme codicille à la vie dans l’Esprit, ici et maintenant.
Certains diront, mais enfin, c’est la foi. Mais la foi ne consiste pas à savoir des choses ou à croire des choses. Nous ne sommes pas les tenants d’une idéologie. La foi est l’aventure avec le Christ, vivre sa vie comme saisie par le Christ. Je n’ai que faire de la récitation d’un credo, de la certitude fondée sur des choses que nous aurions apprises ; le credo est l’expression de l’aventure avec le Christ. Etre disciple, ce n’est pas dérouler une théorie du monde ou de la vie, une anthropologie ni un système de sens.
« Non que je sois déjà au but, ni déjà devenu parfait ; mais je poursuis ma course pour tâcher de saisir, ayant été saisi moi-même par le Christ Jésus. Non, frères, je ne me flatte point d'avoir déjà saisi ; je dis seulement ceci : oubliant le chemin parcouru, je vais droit de l'avant, tendu de tout mon être, et je cours vers le but, en vue du prix que Dieu nous appelle à recevoir là-haut, dans le Christ Jésus. »
Pourquoi nous sommes disciples, nous n’en savons rien. Non que cela soit irrationnel, mais que l’amour ou la foi ne viennent pas au terme d’un raisonnement. On ne justifie pas la foi, c’est elle qui justifie. Je le redis, non que la foi soit le grand n’importe quoi injustifiable. Nous sommes prêts à en rendre raison, nous voulons comprendre ce que nous croyons. Quant à savoir pourquoi nous croyons, c’est comme de savoir pourquoi l’on s’aime. Montaigne ne trouvait rien d’autre à dire que « Parce que c’était lui, parce que c’était moi. »
Ainsi donc, la résurrection, la vie avec le Ressuscité est déjà notre vie et la transfiguration le raconte comme elle peut. Cela ne change rien à la vie. Il ne faut rien en dire non par interdit mais par impossibilité. Il n’y a pas à attendre de trucs extraordinaires, une sorte de révélation, d’extase ou de guérison lourdaise. Nous vivons seulement comme si Jésus était ici et maintenant, en toute occasion, notre compagnon. Cela ne change rien, parce que vous êtes le même avec votre conjoint, vos enfants, vos amis, mais cela change tout, parce que nous ne serions pas les mêmes sans le conjoint, les enfants, les amis… sans Jésus.
La transfiguration c’est la vie comme compagnonnage avec le Christ en tant qu’il change tout, alors même que la vie demeure inchangée, ses mêmes joies et espoirs, tristesses et angoisses. Nous voulons seulement nous laisser saisir par le Christ et son amour, vive avec lui, ici et maintenant. « Dans cette existence de chaque jour, la vie éternelle est déjà commencée. »